La tiranía del optimismo, Un vistazo a la positividad tóxica desde la psicoterapia moderna.

"¡Ni modo, a aguantar vara!", recuerdo que dijo de manera resiliente un amigo cuando el recorte de personal en su empresa lo alcanzó; y, por supuesto, nunca olvidaré el fin de semana completito que pasé llorando cuando me robaron la bicicleta para la que ahorré todo un año, justo un día después de comprarla. Y es que hubo un tiempo en que el sufrimiento humano se entendía como parte del paisaje: cruel, devastador, pero inevitable. En ese tiempo nadie se atrevería a pedirle a un náufrago que viera el lado positivo de la tormenta mientras llevaba cenando agua de coco dos años. Pero las cosas han cambiado desde entonces; ahora un naufragio viene con un libro de autoayuda y frases de automotivación. Si te hundes, te sugieren que aproveches el viaje submarino para conectar con tu resiliencia.

En la consulta psicoterapéutica actual se observa un fenómeno paradójico y alarmante: la gente ya no viene solo rota por sus problemas reales —un divorcio, un duelo, conflictos laborales—, sino que viene avergonzada de estar rota. Ahora resulta que, además de todo, hay que sentirse culpable por no ser lo suficientemente fuertes, lo suficientemente optimistas o lo suficientemente "felices". Y es ahí cuando nos topamos de frente con la tiranía del optimismo, esa corriente cultural que ha transformado el bienestar de una búsqueda legítima a una obligación categórica que, irónicamente, nos termina enfermando.

La trampa de la sonrisa obligatoria

La positividad tóxica opera bajo una premisa aparentemente inocente: "Si cambias tus pensamientos, cambia tu realidad". Es el núcleo de la autoayuda comercial y el combustible de los posts “buena onda”, donde la vulnerabilidad solo se tolera si ya ha sido superada y empaquetada como una lección de vida con un ukulele sonando de música de fondo.

El problema metodológico y clínico de este enfoque es que confunde el optimismo funcional con la evitación experiencial (el intento desesperado de no entrar en contacto con pensamientos, emociones o sensaciones corporales displacenteras). Desde el marco de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), sabemos que lo que se resiste, persiste. Cuando una persona experimenta una tristeza profunda y la cultura le exige que "mire el lado bueno", el mensaje implícito que recibe es devastador: lo que sientes es incorrecto y, por lo tanto, estás tomando el camino equivocado, como si ciertas emociones estuvieran prohibidas por decreto.

La neurociencia del afecto respalda esto de forma tajante. Intentar suprimir activamente una emoción negativa no la hace desaparecer; solo traslada la tensión al cuerpo. La inhibición emocional crónica eleva los niveles de cortisol, altera el sistema inmunológico y genera una desconexión somática que a menudo debuta en la clínica en forma de trastornos de ansiedad, fatiga crónica o hasta fibromialgia. Obligarse a estar bien al tronido de los dedos es, literalmente, un factor de estrés.

Del dolor limpio al dolor sucio

En psicoterapia clínica se suele hacer una distinción fundamental entre dos tipos de sufrimiento:

  • El dolor "limpio": Es la herida primaria. La tristeza natural por una pérdida, el miedo ante la incertidumbre, el enfado ante una injusticia. Es adaptativo, tiene una función evolutiva (el miedo nos protege, el duelo nos ayuda a reorganizarnos).
  • El dolor "sucio": Es la capa de sufrimiento que añadimos nosotros mismos a través del juicio. Es el "no debería sentirme así", el "tengo que ser fuerte por los demás", el "¿por qué no puedo simplemente ser feliz?".

La positividad tóxica es una fábrica de dolor sucio. Al censurar las emociones incómodas, bloquea el proceso de regulación emocional. Una emoción es, en su origen etimológico (emovere), movimiento. Necesita ser transitada, escuchada y drenada. Cuando le ponemos una barrera de frases motivacionales y decretos de abundancia, la emoción se estanca, se pudre y se transforma en un síntoma crónico.

El mercado de la felicidad y la despolitización del malestar

No se puede analizar este fenómeno sin entender su raíz socioeconómica. La obsesión con el optimismo individual es el matrimonio perfecto entre la psicología popular y el neoliberalismo. Si la felicidad depende exclusivamente de tu mentalidad, entonces tu infelicidad es tu culpa.

Esto resulta sumamente conveniente para un sistema que prefiere vender aplicaciones de meditación de cinco minutos antes que revisar las jornadas laborales de doce horas o la falta de acceso a la vivienda. El malestar se despolitiza. Ya no estás deprimido por un entorno hostil o un agotamiento estructural; estás deprimido por desagradecido: "te falta gratitud".

La psicoterapia moderna tiene el deber ético de rebelarse contra esto. El espacio terapéutico no debe ser un taller de reparación de piezas para que vuelvan a producir con una sonrisa; debe ser un santuario donde el estar mal sea identificado como parte del proceso.

El derecho a la penumbra: Hacia una validación radical

¿Cuál es la alternativa? No se trata de abrazar un nihilismo desbordado o una queja constante, sino de transitar hacia un realismo afectivo. La salud mental no es la ausencia de emociones negativas, sino la capacidad de albergarlas todas sin destruirse en el intento.

La psicoterapia del siglo XXI debe rescatar el valor de la integración. Sabemos perfectamente que, como seres humanos, estamos habitados por la contradicción. Somos luz y somos sombra, fortaleza y vulnerabilidad. Necesitamos recuperar el lenguaje del dolor sin patologizarlo de inmediato. Decir "esto duele y es horrible, y no sé cuándo va a pasar" es un acto de honestidad necesario que alivia mucho más que cualquier receta de optimismo prefabricado.

Dejemos de exigirnos una felicidad de vitrina. El bienestar real no se parece a una taza con letras bonitas que te dice que puedes con todo; se parece más bien a una persona cansada, al final del día, que se mira al espejo y se permite decir: "Hoy ha sido un día de mierda, y está bien que así sea". Solo cuando nos damos permiso de no estar bien, abrimos la puerta para, eventualmente y a nuestro propio ritmo, volver a estarlo.

Lic Psic. Rogelio Escudero EQUILIBRIUM

Psicólogo

LP Rogelio Escudero Roldán Acompaño a personas que atraviesan momentos de confusión, crisis personales, conflictos famil...

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